La naturaleza misma seleccionará
 de acuerdo a su criterio, cuál es la
 especie que dominará sobre el planeta.


                El sol estaba asomando sobre el horizonte y otra vez, un día más, derramaría sus rayos contra la superficie del planeta. Su figura ya no era nítida como en mi niñez. Se había vuelto difusa. Ahora él, se veía como un fantasma que se escondía detrás de una densa niebla. Lo que denotaba su presencia era esa luz cegadora que dañaba mis ojos, aún a través de los gruesos cristales que tenía la pequeña ventana del desierto edificio.

Mis dos libros se encontraban sobre el controlador de curso. Uno por la mitad, otro por terminar. Recuerdo que hace años operaba este panel con mis ojos cerrados. Nunca antes se me hubiese ocurrido traer un libro, porque era imposible leer aquí. Cada vez que se realizaba un lanzamiento o una prueba, debía ingresar los largos códigos con tal rapidez que mis dedos actuaban por sí mismos. Yo cerraba los ojos y ellos hacían su trabajo. Era el mejor… Todos confiaban en mí. No había dudas de que lo era…
                ¿Qué pensarías tú, Einstein?… ¡Ah!.  ¡Mi genio maravilloso!… Nos hiciste avanzar tan rápido que no podimos seguirte. Evolucionar tan de golpe que no tuvimos tiempo para pensar. Tú viviste en carne propia uno de estos ensayos. ¿Eso selló tus labios hasta el día que Dios decidió llamarte?. Creo que amé la física tanto como tú…
                Pitágoras… ¿Tú comenzaste esto?. ¿O tú, Platón?… ¿Cómo saber quién empezó esta historia?… Unos dirían los atomistas, otros Demócrito o Descartes…  Newton, Kepler. Copérnico, Galileo, Da Vinci… ¡Cuánto los quiero!. Arquímedes, Edison, Frankling… ¡Brocca! Freud. Hawking. Sagan. ¿Por qué los recuerdo tanto?… Desearía tener a todos ustedes aquí conmigo. Alguno de ustedes sabría que hacer.

                Cuando se encendieron las luces rojas en la pantalla, me estremecí. Fue como si hubiera bajado la temperatura de la habitación bruscamente. Esto que ya he realizado cientos de veces, ahora me parece un cuento. ¡Ojala lo fuera!.
                Cuando recibí la orden del presidente pedí que me la confirmaran en tres oportunidades. No podía creer que el día había llegado y menos aún, que yo sería el que estaría al mando.
                Llevo una hora sentado frente a la pantalla hablando solo… Pensando en voz alta… Esto carece completamente de sentido. ¿Este era el destino de la raza humana?. No… No. Me niego a aceptarlo. Nosotros no fuimos creados para esto. Soy un cobarde, sí, eso es lo que soy. Creo que se equivocaron al asignarme esta misión. Ahora empiezo a comprender por qué el general se suicidó. Recuerdo que yo fui uno de los que pensó que no tenia agallas para tomar decisiones en los momentos críticos. ¿Y el presidente?. ¿Por qué envía las órdenes por la red?. ¿Por qué una medida como ésta no la lleva a cabo él personalmente?… Cómo pudimos llegar a esto, Dios…
                ¡Dios!. ¿Cómo puede ser?. Íbamos a conquistar el planeta rojo… Nos faltaron, tal vez, diez años para terminar de construir la estación espacial en la órbita de Marte… Luego, poco a poco, lo haríamos más habitable y sería nuestro nuevo hogar. ¿Por qué nos equivocamos tanto?
                Y Dios creó al hombre a su imagen y semejanza… ¿Tú eres así, Dios?
                Las veinte luces rojas parpadeaban en la pantalla, una para cada cabeza nuclear. Los microprocesadores de cada una de ellas tenían las instrucciones precisas para guiar cada misil a su destino, con un margen de error que seguramente no superaría los mil metros. Es increíble la precisión de estas bellezas. Es verdad que cuando nos proponemos algo podemos hacer las cosas casi perfectas. Rayamos tan cerca la perfección , hay tanta precisión, tanta inteligencia, tanta sabiduría, tanta vida tenemos… Teníamos…
                Cuando ingresaba los códigos supuse que esto me seria más sencillo.  Me decía… Es un segundo lo que tardaré en cumplir esta misión, lo único que tengo que hacer es no pensar en nada… Ahora que debo presionar ésta maldita tecla, estoy aquí… pensando. ¿Será éste nuestro error?…  ¿El ser pensantes?… ¿El cuestionarnos tanto las cosas antes de hacerlas?

                Siempre sospeché que si de algo teníamos que cuidarnos era de los virus o las bacterias, para mí esos eran nuestros mayores enemigos. Jamás imaginé que la falta de ozono en la atmósfera fuera el detonante… El sol. El sol que nos dio la vida, es aquel que hoy oculto y difuso brilla con toda su fuerza;  nada puede detener el poder de sus rayos. ¿Cómo detener esta reacción que destruye el ozono?.
                Tal vez debería ir a la ciudad a caminar un poco, para recordar como están las cosas allá afuera. Seguramente vendría corriendo a terminar con esto de una vez. Es un acto de humanidad lo que tengo que hacer. ¡Qué paradoja!. Es un acto de humanidad no ser humano. No se puede dejar a tanta gente sufriendo de esta manera.
                Tomé mi pistola con mi mano derecha y la coloqué en mi boca, puse mi mano izquierda sobre la tecla mayor del panel de control y transpiraba. ¡Como transpiraba!.
                Los puntos rojos en la pantalla no dejaban de parpadear. Ya no podía hablar más porque el frío cañón me lo impedía, aunque sentía la terrible necesidad de decir algo… o de escribirlo. Quizá antes debería escribir un cuento, porque en realidad lo parece… Pero… ¿Para qué?. ¿Para quién?… ¿Quién podría darle importancia a un cuento como éste?. ¿Quién tendría el coraje de enfrentar a la Realidad y mirarla a los ojos?. ¿Quién podría admitir que esto puede ser posible?.
                Si todo sale bien, yo no seré el responsable. Mi mano caerá por acción de la fuerza de gravedad. Dios no puede culparme por esto. Después de todo, es él quién domina las leyes de la física.
                Una gota de sudor caía sobre mi mano izquierda en el momento que presionaba el sensible gatillo de mi pistola.
                No oí el ruido de la detonación, solo sentí que flotaba sobre la habitación. Debajo de mí, yacía mi cuerpo inmóvil sobre el panel de control. Mi mano izquierda había caído en un lado de la silla. Ahora sé que los reflejos condicionados del instinto de supervivencia están presentes aún en el último segundo de vida.
Mientras ascendía no dejaba de observar las veinte luces rojas que continuaban parpadeando en la pantalla… Parece que Dios no quiere que esto suceda. Tal vez existe otra solución posible… Tal vez Dios nos dio otra oportunidad.

El último ensayo

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